El grito

Hacía frío y en la casa se asentaba una quietud de morgue. Me senté sobre una vieja silla de madera y miré el vacío, intentaba alejar o ignorar esa sensación. Diane, mi mujer, se me acercó, me acarició por el hombro y nos sirvió un poco de té en unas delicadas tazas de porcelana. Ocupó su lugar frente a mí. Su sonrisa era fresca como las mañanas y sus pestañas brillaban como el polvo de las hadas. Me dio un secreto a cambio de un nardugo. Nuestros dedos jugaban, los labios se besaban y los cuerpos se abrazaban.De pronto, la atmósfera perdió la tranquilidad, empezó a percibirse como si alguien o algo nos observara con ojos siniestros. ¿Desde dónde? No quisimos averiguarlo. Nos dirigimos a una alcoba, pero al cruzar la puerta, nos transformamos en un par de niños que no sintieron la necesidad de cubrir su desnudez. Nos miramos a los ojos, nos tomamos de las manos y hablamos acerca de la imaginación.Del bosque brotaron unos maullidos ensordecedores, la tierra tembló y los pájaros se abalanzaron en múltiples direcciones. El pavor nos  condujo hacia un antiguo y enorme mueble en donde vivían cadáveres de insectos envueltos en telarañas. “No hagas ruido, mi amor”. Desde una ligera grieta, yo observaba a una criatura que merodeaba por el lugar, y también,  sabía que desde otra grieta, alguien más me estaba observando. Son pocos los que pueden permanecer despiertos durante siglos, pero ni mi mujer ni yo podemos.Cuando despertamos, todo estaba en calma y en silencio. Me asomé para verificar y me topé contra una oscuridad abismal. Arrastrándonos como larvas, abandonamos el mueble. Después, caminamos por el vacío hasta que nos encontramos una puerta, detrás de ésta se escondía el mundo, agonizante por puñaladas de fuego.Caminamos por largas horas sobre las espaldas huesudas del mundo. Vimos cómo los hombres luchaban y cómo se lamentaban. El camino que nuestros pies se hacían nos hizo llegar a una ciudad-cápsula. No encontramos a nadie ahí. La paseamos como espectadores de un post-apocalipsis. Sus enormes edificios se alzaban a nuestros costados como gigantescas montañas de vidrio y vehículos oxidados dormían sobre las calles. Sobre una plataforma circular, se erigía un enorme cono transparente que estaba rodeado por una escalera de luces de azul eléctrico. Subimos los peldaños, y al llegar a la cima, fuimos   absorbidos por un hoyo negro. Repentinamente, desembocamos en un polvoriento sótano: el hogar de las herramientas del verdugo. Allí hallamos un bosque de estacas, cuyo follaje estaba conformado por cuerpos podridos; y  en su claro, descansaba una enorme mesa sobre la que yacía una mujer blanca cubierta por un tul transparente. Contemplamos su belleza. Pero, al intentar descubrirla, empezó a levitar, abrió su boca y emitió un disonante y agudo canto que derrumbó paredes y techos.Hallamos una salida que daba hacia un jardín, cementerio de grandes árboles, hogar de cuervos y musas, las hojas y las ramas secas crujían en esa especie de santuario. Diane estaba estremecida y no pudo  contener el llanto. La abracé hasta que cedimos al sueño. El sueño fue alejado por el frío y una extraña bulla. Nos ocultamos detrás de unos arbustos y presenciamos un peculiar desfile. Entes de elegante porte y levita fúnebre, cuyo rostro era una sombra, en vez de ojos poseían  trémulas luces amarillentas, conducían carruajes tirados por centauros.  Cuando el último vehículo entonó su presencia en aquel pedregoso camino, los seguimos. Llegamos a un poblado, nos adentramos y observamos. Un hombre con rostro de reptil nos obsequió unas prendas hechas de lana y piel, y un poco de chocolate caliente. Nos las pusimos y paseamos por el lugar. Las cabañas eran pequeñas, sus inquilinos eran de viscosa piel, sus miradas, grisáceas y bizcas.En el corazón del lugar, había un anfiteatro improvisado. Los carruajes se habían aparcado, y como úteros que dieran a luz,  se les desprendieron personajes abominables, arlequines grotescos y bestias deformes. Una multitud de soñadores aplaudía el espectáculo de un funámbulo que arriesgaba su vida al ritmo de un calíope. Payasos y enmascarados caminaban de un lado a otro, la gente intercambiaba su plomiza materia por brebajes para el amor, pulmones de recién nacido, amoríos cavernosos  y un sinfín de cosas más.Nos sentamos en las gradas para contemplar los espectáculos. El maestro de ceremonias anunciaba el momento más esperado: “hembras, machos y crías, den la bienvenida  a “el Señor de las tinieblas”. Unas rejas se abrieron y dieron paso a un ser gigante y negro, de ojos incandescentes y depravados.Enanos y féminas alcoholizadas, enseñando sus genitales y senos, lo toreaban. El público aplaudía, silbaba y reía ante la desgracia de ese monstruo que, al caer cansado, sirvió como festín de vísceras.Aterrados, partimos del lugar. Atravesamos paisajes azarosos, experimentamos ambientes que alabarían desde la ternura hasta la bajeza más lúgubre. Nos asentamos en un puerto tranquilo, cuyas playas nos regalaron experiencias maravillosas. Con el paso del tiempo nos hicimos comerciantes. La vida se había convertido en jardín de sonrisas. Tuvimos un par de hijas gemelas, Violette y Julliette. Sin embargo, una peste diezmó el lugar y nuestros sueños. El jardín fue robado, en su lugar nos dejaron enormes y ardientes fosas. Juliette y Violette descansan en las hojas de estos capítulos.Artos de la desgracia, nos encaminamos lejos de aquellos recuerdos. Erramos por los bosques, acampamos entre las frondosidades nocturnas. Cuando Diane se enfrentaba a las pesadillas, yo incendiaba los sueños. Sin embargo, la falta de descanso me entregó a la locura. Noté que me había tornado agresivo e incoherente por medio de un suceso que sólo puedo recordar emocionalmente, pero si lo hago, los escalofríos me harían convulsionar. No pasó mucho hasta que hallamos un lugar en donde se podía vivir. La ciudad era de hielo,  la nieve cubría las casas y los edificios, los pobladores eran pálidos, sin cabello alguno y tenían labios tornasoles.En una ocasión,  cuando remodelábamos nuestra casa,  descubrimos una puerta. Diane se sintió hipnotizada y la cruzó, yo la seguí, mas no respondió a mis palabras, y al intentar detenerla, reaccionaba con violencia. Decidí acompañarla. Atravesamos ruinas de antiguas civilizaciones, cementerios y tétricas majadas. Al final, nos esperaba una playa adornada por un dueto de lunas y un sol blanco en el horizonte.  Ella se sentó y hundió sus pies en la arena como estacas, contempló el océano plateado que dormitaba enfrente de nosotros,  y como si despertara de un amargo sueño, preguntó: “¿A dónde tenemos que ir?”. Me senté a su lado, la abracé y le susurré: “quizás no existe ningún lugar en donde podamos estar, pero si cerramos los ojos, es posible que nos encontremos”. Nos acostamos tomados de la mano y dejamos que los monstruos del sueño devoraran nuestras pupilas.Al entreabrir los ojos, vi a un anciano levitando que nos observaba detenidamente, abrumado me levanté y desperté a Diane. El hombre portaba un hábito de colores no derivados de la luz, nos observaba con la quietud de las estatuas. Decidimos ignorarlo y caminamos por el litoral hasta que desaparecimos su agrietado rostro de la memoria.Cuando pisamos el mar, éste se tornó enojado, desde la lejanía empezaron a levantarse colosales olas. Regresamos a donde nuestro primer encuentro con el anciano, pero con su rostro sin ojos, exclamó:“¡ustedes no pertenecen a este reino!”.Bañados en pavor y guiados por el instinto, atravesamos nuevamente la inmensidad. Las olas comían todo a su paso. La desesperación y la adrenalina hicieron latir fuertemente nuestros corazones. Cuando cruzamos la puerta y la cerramos, escuchamos como el agua la rasgaba y la empujaba; de pronto, se convirtió en un gratificante silencio que calmó nuestros sentidos. Al abrirla, sólo vimos un enorme muro que bloqueaba la salida.Descansábamos tendidos sobre un sofá cuando una niña de larga cabellera entró a la alcoba, pero una sensación la hizo retirarse desesperadamente. La seguimos y notamos que todo el lugar lucía distinto: había una familia viviendo en nuestro hogar, pero nunca se percataron de que nosotros también lo habitábamos.Así fueron pasando las décadas. Diane y yo no envejecíamos. En una ocasión, después de haber hecho el amor durante meses, ella se recostó bajo mi cuello diciendo “te amo”, le respondí “yo también, mi vida, pero cuando sumerjamos los ojos, sentiremos el grito de nuestras obscuridades”.

“Alegoría del triunfo de Venus”. Fragmento de pintura por Agnolo Bronzino,

Nocturna

Las visiones de la humanidad cavando su fosa en la ignorancia le abatieron. Fue un ejemplo, pero a nadie le importó, pues la flor de esperanza que sembraba, perecía por debajo de las sucias pezuñas de aquellas criaturas. ¿Es que acaso la especie dominante en el planeta fuera más sucia que los cerdos?

Las etéreas y blancas pelusas se desplazaban perezosamente sobre la azulada alfombra. La luz del medio día coloreaba la materia, obsequiaba miradas y se deslizaba entre las hojas y las ramas de un árbol antiguo. Un joven agotado dormía a su sombra, cuando de momento, un ruido lo despertó, se levantó y miró a su alrededor. A unos escasos metros, una descalza damisela sonreía, llevaba puesto un vestido blanco. Él la contempló y le sonrió, ella no vaciló y fue a sentarse a su lado, y le dijo:

—Si continuas roncando de esa manera, ahuyentarás a las aves y las abejas del bosque.
Él emitió una risa incómoda ante ese comentario. —Para ser las primeras palabras que me dices, me gustan— expresó y de seguido intentó cubrirse los labios.
—No ocultes tu sonrisa, pues me alimento de ellas, y por tanto, me permito decirte que la tuya posee una característica muy particular: me gusta.
—Te agradezco el cumplido. Me resulta agradable conocer a quien valore un gesto como lo es una boca a media luna.
—Cuando de la verdad surge, un gesto es más que un simple gesto. Porque ese gesto se convierte en un poema, se eleva como los días, vuela como la música.
—Tus palabras tienen belleza, como el océano alberga criaturas desconocidas y tesoros extraviados. Algo en mi interior, muy en el fondo, me dice que esto ya me lo sabía, pero no entiendo porqué —comentaba con desaliento, dejando caer sus manos hacia el pasto.
—Todos los sabemos. Por esta razón es nuestro deber regresarle la vista al corazón — le decía mientras le acariciaba la frente.
—Eres una persona agradable, puedo percibirlo en tu voz. Tu voz es como una dulce melodía que me sonroja el alma.

—¡Qué lindo es escuchar eso! Sin embargo, mi estimado, cuyo nombre aún no conozco, permítame presentarme. Mi nombre es Dafleen. Mucho gusto, extraño muchacho de ronquidos que espantan pájaros— expresó alegremente, extendiendo su mano hacia el joven.

Él realizó una reverencia, sujetó con firmeza de su mano y la besó. —Encantado de conocerla, señorita que espanta ronquidos. Me llamo Santie.

Circundados por el silencio y colosales árboles, permanecieron uno enfrente del otro, y sin soltarse de la mirada, se dijeron lo que ni con palabras, ni sonidos ni trazos se puede expresar, como si todas las lenguas se concentraran en una mirada. Una mirada que se abre como la piel cuando permite el estudio de los órganos que envuelve.
—Quiero enseñarte un lugar, pero solamente yo conozco el camino. Así que por ninguna razón me vayas a soltar de la mano.

Él la sujetó de la mano y ambos se aventuraron por los laberintos del bosque. En el extenso pasaje ella iba dando algunos juguetones saltos, entonaba melodías que nunca nadie había escuchado, silbaba con las aves e imitaba el zumbido de las abejas. De momento, una parvada de flores apareció, descendió a toda velocidad de las altas ramas, dibujó unos cuantos bucles sobre la tierra y alrededor de ellos, se elevó de nuevo y se alejó. Una débil fragancia caía lentamente en forma de copos de nieve. Al cabo de un par de horas -que se sintieron como años- ambos se detuvieron y se desprendieron con suavidad. Delante de ellos se extendía un cuerpo de agua y de piedras.

—Hemos llegado. Te presento mi lugar secreto, ¡anda, prueba el agua!

Él se inclinó temerosamente. Contemplaba su reflejo ilustrado en aquel manto ondulante, hundió sus manos en ella, percibió su frescura, luego las dirigió hacia la boca y se sació la sed.

—Todo esto que me enseñas es muy bello, es un grato regalo. Sin embargo, yo no tengo nada para ofrecerte. Decidí convertirme en un vagabundo y errar como un triste poeta que busca su verdad. Lo único que traigo conmigo es una botella, algunas hojas, lápices y una almohada.
—¿Sabes? Te faltó mencionar que traes tu pensamiento, tu imaginación, tu ardor, tus anhelos… y ¡ese morral! —Mencionó con dulce voz que se deshizo en una risilla— para mí es grato tener tu compañía.

Cuando menos se lo esperaba, la traviesa muchacha le dio un empujón hacia las aguas, acto seguido ella dio un clavado, salpicó la vista, dio unos pataleos y se le acercó. —Lo lamento, pero no pude evitarlo, espero que no estés molesto.

—¡Para nada! Hasta me ha parecido divertido. Una broma de este tipo no podía faltar en una situación como esta —respondió, haciéndose a un lado los cabellos.
— Pero… ¿sabes qué lo hace tan divertido? ¡Que no podía faltar alguien que cayera en ella!
— ¡Oye!
—Guarda la calma. Ahora ya tienes un motivo para devolver la broma a esta bromista —guiñó el ojo, y le salpicó mucha más agua, dio un chapuzón y el otro empezó a perseguirla.

Nadaron, jugaron y rieron. Poco antes de abandonar el agua, se tomaron de las manos, las sujetó y observó detenidamente, sus dedos surcaron sobre la piel, les dio tierno beso, y con amor, se despidió de ellas. Salieron del sueño y descansaron a la sombra violeta de los árboles.
Recostado y con la cabeza en el regazo de Dafleen, le dijo:
—¿Sabes?, me has compartido este tu lugar, me das aliento y regocijo. Quiero hacerte algo con lo que puedas recordarme para siempre. Quiero retratarte.
— ¡Oh! Sería un lindo detalle. De acuerdo. Pero, ¿cómo debería de posar? —se cuestionaba, y danzando de un lado a otro con la gracia del cisne, se sentó frente a él, adoptó una posición, luego otra y otra, y otra más—. No consigo decidirme, ¡ah, ya sé!
— Esa es una muy buena posición, describe perfectamente lo que quiero retratar. Pero ¿por qué quieres posar así?
—¡Déjame! Así es como yo lo deseo —comentó traviesamente, luego hizo unas cuantas muecas hasta quedar totalmente seria, en ese momento, sus ojos de profundos azules liberaron la voz de la belleza.— Cuéntame algo, algo que solamente tú sepas.

Santie se mantuvo pensativo por unos momentos, y sin perder el tiempo, sacó sus instrumentos del morral, afiló los carbones y preparó la miga de pan; con un broche sujetó las hojas sobre una tabla; cerró un ojo y con una barra de carbón midió las proporciones del rostro y las distancias entre sus elementos.
—De acuerdo. Voy a contarte algo que solamente yo sé. Confío en ti y en que sabrás apreciar lo que te voy a decir, pues me pareces una chica increíble. Además, sin ti yo me hubiera perdido en el bosque, que por cierto, veo que lo conoces muy bien.

Cuando uno es pequeño, el mundo se nos presenta como un enigma que es necesario resolver, pero éste se resuelve cuando comprendes la relación que existe entre los truenos y la noche, y es allí cuando los difusos rayos forjados por la bestia de un polvoriento libro, se hacen más pequeños e insignificantes. Sin embargo, hay cosas que no tienen una explicación certera, y las hay también, que no debieran de existir. Por ejemplo, el color se puede explicar, la comprensión de este fenómeno nos debería de bastar para eliminar ciertas diferencias que hacemos entre nosotros los noubilians, mas la diferencia persiste pese a que Wallace von Papper consiguió descifrarlo hace un siglo. Y bien, ¿a qué voy con esto que he dicho? Que aquello que provoca esa fragmentación no debiera de existir, pues también crea la destrucción, como la última guerra que azotó los reinos del este.

Esa guerra sepultó a mi padre. Me acuerdo de cuando los carros y los tanques pasaron, anunciando el triunfo. Durante los primeros días de paz permanecí en el refugio que los gaucheus habían erigido. Cuando reuní las suficientes fuerzas para ir a mi casa, o lo que quedaba de ella, con la esperanza de recuperar mis ahorros, abandoné el lugar durante la noche, al llegar, no pude levantar los escombros que cubrían el lugar en donde me refugiara de las lluvias y de los inviernos. Lloré y maldije la guerra, apreté los puños y los levanté hacia el firmamento, finalmente me dejé caer de rodillas, justo cuando estaba a punto de darle un puñetazo al suelo, el brillo de un pequeño insecto me contuvo y ablandó mi ira. Lo subí a mis dedos y se paseó por ellos dejando sus polvillos, me pareció que sería la única criatura capaz de escucharme en esos momentos, y desde luego que lo era, entonces, entre lágrimas, le deposité mis pesares, y a cambio de ellos, la lucecita alada me entregó una canción—el recuerdo le hizo estremecerse como si un rayo atravesara por su columna. Soltó la barra de carbón para limpiar la viajera lágrima que caminaba sobre su mejilla.
Al haber terminado de dibujar y haber fijado los trazos en el papel, lo entregó a su modelo.

— Aquí tienes, lo he hecho con cariño para ti.
Dafleen lo miraba detenidamente. Se palpó la frente, los pómulos, la nariz y los labios.
—Es muy bonita. La única imagen que tenía de mí era la que podía percibir en el agua. Gracias, en verdad, por este bello presente, lo guardaré conmigo para siempre.

En esos momentos la luz empezaba a perecer sobre el horizonte. Dafleen y Santie se abrazaron. La sombra de sus cuerpos se apagaba lentamente sobre la hierba hasta que hubo esfumádose. Del horizonte se levantaba el sol negro que erigía un imperio de estrellas sobre el mundo. Mientras tanto, Dafleen advertía:
—Debemos irnos de aquí. Debo de pedirte que por nada de lo que pudiera ocurrir me vayas a soltar, por favor. Cuando se desatan estos fenómenos se liberan criaturas peligrosas, la ausencia de luz las hace más peligrosas de lo que realmente son.
Santie se aferró a Dafleen y ambos avanzaron por el campo ensombrecido. El viento sacudía todo a su paso con su exhalación furiosa y maligna. Sobre el piso, las hojas secas y las ramas se desquebrajaban, su sonido era árido, estéril como un mar ahogado en sal. En su avance por el mundo sin luz, las maderillas y las folias secas se convertían en huesos que crujían en cada paso; pero, lo más horroroso era aquellos inentendibles murmullos y las violentas carcajadas. Cuando hubieron llegado a donde Dafleen pretendía, susurró:
—Llegamos, es aquí. Ahora estamos a salvo de ellos.
Hizo a un lado la cascada de flores que cubría la entrada de una cueva y se adentraron por un estrecho camino de muros de piedra. Sus ojos contemplaron una obscuridad absoluta, el frío afilaba su cuchilla para desollarles el alma. Lograron penetrar hasta desembocar en una amplia bóveda. No obstante, la fuerza estaba empezando a despedirse de ellos.
—Santie, Santie…— decía temblorosamente— Santie, discúlpame. Discúlpame por no haberte dicho esto. Santie, ¿me oyes? —Pero Santie se encontraba en un estado de confusión absoluta, la obscuridad le impedía moverse como si estuviera petrificado hasta la médula.
De pronto, un sonido muy débil empezó a escucharse. Inició como un balbuceo, de balbuceo cambió a tarareo, y de tarareo se convirtió en un canto. Un canto de una voz, después, eran dos voces; una tercera y última voz se levantó. Las tres voces entonaban una canción que hizo sacudir a la caverna, como si tres mazos la golpearan a ritmo de latido desde su interior, la caverna se estaba convirtiendo en una palpitante víscera. En ese mundo ciego, empezaron a brotar pequeñas luces, cuales destellos estelares. Éstas no cesaron de germinar ni de crecer, se dispersaban y se aglutinaban a modo de pequeños racimos. Santie levantó los párpados, en ese momento, Dafleen entonaba cálidos y sacros contrapuntos.

—Acércate, Santie, esto es lo que me corresponde entregarte, esto que solamente yo conozco.
En el interior de esa bóveda, enfrente de los ojos de él, latía una enorme masa de luciérnagas. — ¡Me regalas luz!—Exclamó.
—Sí, querido. Escucha su música y déjate envolver por su calidez. Tengo unas palabra más s que debo de obsequiarte: no me recuerdes porque no soy una memoria, pues vivo en tu interior y vivo en él desde hace mucho. Cuando sea el momento, punto que sólo tú sabrás reconocer, ve hacia los bosques de tu alma y encuentra al duraznero durmiente, porque estaré allí, columpiándome entre sus flores y esperándote con una sonrisa, para danzar entre tus manos e impregnarte de mis polvos.

Edmundo.

El tridente del Diablo

En una aburrida noche, Satanás vino a visitarme. Yo le percibí un poco molesto. “¿Te pasa algo?”, le pregunté. “Oh, sí”, me respondió entre suspiroa y asintiendo la cabeza. “La música que actualmente suena en el mundo, no es de mi agrado, y yo, yo no soporto a los… No soporto a esos reguetonerillos de quinta que están taladrando los oídos de millones. Pero pronto me los voy a cargar”.


Yo en mis adentros, me dije “si no te gusta esa música, simplemente no la escuches”.
Mas él me replicó, -no seas tontirijillo pillo.
Pero,  desafíante, le cuestioné -¿Es que acaso tiene algo mejor, señor de las tinieblas? ¡Demuéstrelo! -Sujeté mi violín y se lo entregué. 
Abrió el estuche y de sus entrañas lo extrajo. Recogió su cabellera, se acomodó el instrumento y lo demostró…. ¡Y vaya que lo demostró! Lo hizo con tal audacia e inteligencia que me despertó como si me hubieran pinchado las nalgas con un tridente.

En ese abrupto despertar, intentaba hurtar las divinas melodías que su diabólica majestad había interpretado en mi sueño. Y mientras mi temblorosa mano las intentaba plasmar en el papel, su carcajada retumbaba como lo hicieran martillazos en mi cabeza. No obstante, no pude acercarme ni un poquito a lo que escuché. De la rabia casi rompiera mi violín y abandonase la música para siempre.

Quiero dejar claro que esta narración no fue por haber snifado en exceso ( y vaya que en ocasiones lo hice) ni tampoco producto de mi delirium tremens. Bueno, esta última alternativa tiene más sentido.

D.J. Martini

Una breve historia

Caminamos sobre la calzada, miramos el rostro y las manos de bronce de las estatuas que dormían entre los pilares de múltiples historias. En las calles, los niños reían, las hojas giraban en pequeños remolinos y los artistas ambulantes creaban escenarios pintorescos. El aliento de un otoño moribundo acarició nuestra piel y la mordió.

De pronto, llegamos a “caffé galleria”. Sentí como me tomó de la mano, la suya se sintió suave y fría, entonces me llevó a través de los pasillos, a sus costados, pinturas horribles colgaban de las paredes, hasta que llegamos a un lugar en donde una mesa nos esperaba.

Mis ojos se hospedaron en su mirada. Una mezcla de silencio y soledad nos hizo expresar lo que ni con palabras hubiéramos sido capaces (esa noche entendí que el silencio no siempre es sinónimo de ausencia). De pronto, con el rabillo del ojo vi como su mano se empezaba a deslizar sobre la mesa, la mía hizo lo mismo, y con mesura, se fueron acercando. No existía nada más en ese momento salvo nosotros dos y la manifestación de una afonía desesperante. 

Un mesero emergió de la obscuridad, portaba una capucha de verdugo. Ambos optamos por un delicioso vino espumoso, pero producto de la entrega entre jóvenes vírgenes, cuyo sabor a humanidad y deseo predominara en el gusto. No obstante, el camarero, como buen hombre, nos hizo saber que en su cava no poseían tal ejemplar, pero nos ofreció uno que, muy encantados, aceptamos. El individuo se reintegró a las sombras.

Abandonamos el lugar y regresamos por el mismo camino que habíamos  tomamos de ida. Salvo que en esa ocasión, nos percatamos de los altares, el aroma del incienso, las calaveritas de azúcar, la gente disfrazada y  las simpáticas mujeres vestidas de “muertes catrinas”. Caminamos y charlamos. Ella me contaba anécdotas graciosas, yo le contaba algunas de las ficciones que nunca escribí. Durante aquella larga caminata, apreciamos a las criaturas de la noche, al característico brillo de las luces que alumbran a los enamorados en sus inexpertas aventuras.

En uno de esos pasajes que se abren rara vez, como lo hicieran portales con breve tiempo de vida, nos escabullimos. Aparecimos en una de esas ferias en donde podrías pasar por atracción por ser demasiado feo, el lado positivo de esto es que la gente pagaría por verte. Dee arrojaba unos arillos hacia los cuellos de unas botellas para ganarse un premio, yo intentaba darle indicaciones desde un acercamiento por la retaguardia: nos abrazamos. Su champú olía a goma de mascar y sus heladas manos de muerto me erizaron la espalda. Nuestros labios no demoraron en besarse.

Mientras nos besábamos debajo de las largas patas de un dromedario, el sonido se apagó, el carrusel detuvo su marcha, la munición del niño que disparaba a las “calacas” permaneció suspendida en el tiempo y los gritos de la señora en la rueda de la fortuna enmudecieron.

Sara

Hacía fila en la tienda de autoservicio para pagar mis morenas chelas, unos preparados de vodkirri y otros de whiskacho. Con asco, miraba a una señora que llevaba a cabo una expedición hacia el fondo de su nariz. Esa bruja decía que estaba en búsqueda del “escarabajo de oro”. Susodicha razón me dio un poco de envidia, mas no la suficiente como para querer echarle una mano o en este caso, un brazo.
De momento, sentí como alguien me dio una nalgada en el lugar donde debiera estar mi trasero. Me di la vuelta y vi a una alegre muchacha de ojos grandes, nariz pequeña, cuya piel era blanca como mi camisa de fuerza. Poesía (poseía) unos labios delgados y carnosos, no era muy alta, pero estaba muy bien proporcionada, y para rematar, sus cabellos eran lacios y de carácter oscuro como “las pasiones asesinas” del Divine Marquis.

Le regalé una sardónica sonrisa y coloqué mi mirada sobre la suya, diciendo:
—Tu búsqueda será infructuosa. No busques carne en donde no hay más que piel y hueso.
Ella emitió una carcajada, que supongo, despertó al mismo Satán de su siesta sabatina.
Ya una vez tranquila, se me acercó sonriendo y me dijo:
—Eres muy gracioso, deberías de dedicarte a la comedia.
—La vida es una comedia. Dios nos creó para reírse de nuestras desgracias, ¿por qué crees que él nunca interviene?
—Vaya, nunca me lo hubiera imaginado.
—Puedes estar tranquila, porque no existe ningún dios, pero nosotros y la vida, sí.
—Ja, ja, ja. Ahora resulta que eres ateo. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—¿Qué te parece si me das un beso por cada letra?
—¡Atrevido!
—Tú no te quedas atrás. Nalguear a extraños no me parece una actitud tímida.
—Ja, ja, ja. Qué te parece si mejor nos damos un beso, y si me gusta, lo repetimos. ¿Qué dices?
—Somos demasiado vacilantes.
Permanecimos quietos sin decir nada, nuestros dedos se entrelazaron y los labios empezaron a buscarse entre los estornudos de un niño obeso, el sonido de las palomitas estallando, y la vaga promesa de fidelidad de mi corazón, ahora destrozado, se hizo a un lado para culminar su encuentro. Con los ojos cerrados exploramos ingenuamente los murmullos del cerebro, y asombrados, admiramos el mundo que solo los enamorados conocen. A momentos era intenso y apasionado, luego cambiábamos la esencia para hacerlo dulce y sutil.

El acto duró poco más de 15 minutos y fue interrumpido por el cajero y la gente que demostró su incomodidad ante tan inocente acción. “¡Échenle agua a los perros!”, exclamaban.
Continuando abrazados, nos separamos, embriagados por la dopamina, la serotonina y la oxitocina.
—Vaya, quiero repetirlo.
—Yo también, pero fuera de este agujero hediondo e intolerante.
Salimos del lugar y repetimos la función en nuestro propio teatro vagabundo.
—Por cierto, aún no me has dicho tu nombre.
—Me llamo Edmundo ¿Y tú?
—Sara, mucho gusto.
—El gusto es mío.
—Eres la primera locura que cometo.
—Me siento halagado, pero debo reprocharte por eso.
—Ja, ja, ja. ¡Vaya que estás deschabetado!
—Éso es lo que afirman algunos necios.
—Discúlpame, pero debo de irme. ¿Te volveré a ver?
—Eso tú lo decides.
—Entonces, te dejo mi número para estar en contacto.
—Gracias. Eres como el chirrido de una puerta oxidada a mitad de la noche.
—¡Bello!
—Para nada.
—Cuídate mucho, Edmundo. Nos vemos luego— me dio un abrazo y un último beso.
—Tú también, Sara.
Su figura se fue alejando lentamente sobre la avenida. Petrificado, permanecí observándola, entonces, una obscura sensación se apoderó de mí otra vez.

E.P.

Genomma para cigarrillos

Dato: La ictiosis es una enfermedad cutánea de origen genético relativamente común, sin embargo la ictiosis arlequín es una variación muy rara de esta enfermedad,  es la forma congénita de ictiosis más grave y pertenece al grupo de las llamadas genodermatosis.
La ictiosis arlequín  se caracteriza, al nacer, por piel dura y seca, como las escamas de un pez. La rigidez de la piel resulta en la deformación de los rasgos faciales: párpados y labios invertidos hacia afuera. Brazos, piernas y dedos de menor tamaño que no pueden doblarse de forma normal. (Para más información consulte con Dr. Gúgol).

Genoma para cigarrillos (episodio piloto)

Zack cerró la portezuela, se acomodó en el asiento y arrancó el motor. El vehículo avanzó. Nuestro héroe tarareaba los más recientes éxitos de la ópera trap. “Acelerar, frenar, claxon. Acelerar, claxon, claxon. Claxon, claxon, claxon.”

Se detuvo a la puerta de la casa de Siri.
—Buen día, ¿cómo está mi pequeña engendro del demonio? —dijo, dándole un besito en los labios.
—Como es costumbre, espeluznante hermosa —respondió, mientras se abrochaba el cinturón de seguridad—. Bien, si terminasemos la “Operación peces del infierno” antes de la media noche, podríamos ir al “Zombie Fest” por unos neurotacos, de lo contrario, nos resignaríamos a ordenar una pizza.
—De acuerdo. 

Siri rió, se acomodó los guantes y aseguró de que todo equipamiento estuviera en orden.

Minutos más tarde…

Detuvieron el vehículo en el interior de un estacionamiento, lugar que había sido previamente ubicado, estaba lo más cerca posible de “Aquaticos”. En ese parque de atracciones se encontraba cautiva una familia de hombres-pescado. Qué culpa se tenían esos hombrecillos de servir a una especie tan egoísta.  

Cuando hubieron bloqueado las medidas de seguridad, amarrado a unos cuantos guardias, y penetrado en el interior de Aquaticos dieron el primer paso: nuestra heroína se dirigió hacia el norte, el otro fue rumbo al sur. Avanazaron entre las sombras azules como lo hicieran un par de gatos encapuchados hasta que llegaron al tanque en donde recidía esta familia de desdichados.

Una vez rescatado el último y asegurados en el remolque, partieron y encamináronse hacia el mar. Zack permaneció junto con ellos tanto para tranquilizarlos como para vigilar el frente; pues llevaba consigo su as bajo la manga, que no era nada más y nada menos que una escopeta. Siri conducía  bajo los metálicos rayos de la noche, vigilando los espejos y su camino, pendiente de cualquier anomalía que pudiese llegar a ocurrir.
El olor de la ciénaga y la brisa se apoderaron del ambiente, los pescaditos lo reconocieron, pero fueron incapaces de manifestar su alegría porque en realidad se encontraban aterrados.

Siri condujo de reversa a largo de un muelle. La estructura se tambaleaba y era azotada por las olas. “¡Alto!” gritó Zack desde el interior del remolque. Abrieron las puertas y arrojaron a los hombrecillos hacia las aguas. Ellos patalearon y con gritos pedían por auxilio.
—Zack, ¿no te parece que se estuvieran ahogando?
—No lo creo, ellos saben nadar. Son peces y este es su mundo.
Permanecieron por un rato sobre la humeda madera. Pero los pataleos y los gritos de ayuda se habían extinto desde hacía varios minutos. Unos suspiros se perdieron entre la brisa.
“Tal vez esas personas con ictiosis arlequín no fuesen ni peces ni pescados. Tal vez seamos idiotas por genética o por amor”. Se abrazaron entre la brisa, el murmullo de las olas y la luz de un faro. Cuando de pronto, se escuchó una voz que provenía  de las aguas. “¡Muchas gracias, amigos, por liberarnos a mí y a mi familia!”, exclamaba el pez-hombre, batiendo sus brazos que se unían al tórax por medio de unas hermosas membranas bioluminescentes. Y como si fueran delfines se marcharon, dando saltos, por las aguas estrelladas  hacia la libertad.

—Ya me dio hambre, ¿y si vamos por esos neurotacos?

Fin.

E.P.

Acerca del amor

Me temo que si el clima no cambia el partido se suspenderá. Pero me es indiferente. En primer lugar, porque estoy completamente solo. Y en único lugar:  tu compañía es  la única que me importa en este sórdido mundo.


Cuando supongo que podríamos separarnos,  por supuesto que el estremecimiento me empaña la mirada. Pero me mantengo firme. Por ahora estás aquí, conmigo. Mientras te acaricio los pechos tú dibujas en mi espalda. Después tu aliento me jala de un tirón… En esos momentos me gusta creer que somos uno mismo.


En cierta clase de reflexiones que me he permitido, he llegado a la curiosa conclusión de que eres como la religión y el refugio de un chico ateo y huérfano. En tus ojos he podido ver la extremaunción de un hombre que nunca se atrevió a cuestionar. ¿Dudaría al final, cuando moribundo sus visiones desenmascaren a sus ídolos?


Sin embargo,  tú eres una deidad que puedo amar en carne. Cuando toco tus caderas puedo sentir el mármol cálido mientras que tu vientre me gime cual órgano de hierro. Diosa que puede enfadarse conmigo  cuando digo o hago algo estúpido. Pero cuyo amor, me cura los hoyos en el corazón, como quien remendara con hilos y manos de oro los trozos de una fruta muy herida.

E.P.

Avioncillos de papel

I

El verano acaba cuando las vacaciones

Se convierten en pupitres y farfullas,

en el lindo rostro de la niña nueva que

Racima de todos los ojos y las lenguas;

Cuando la brisa, el ocio y los desvelos

Huelen a grafito, tedio y plastilina.

El verano acaba como las noches acaban en arena,

Como los limones en amor y las tareas en regaños.

II

Tu diestra traza en el verdor de mi vida

Con la tiza de lenguajes, colores y temáticas;

de números, avisos y castigos.

Traza cicatrices de amores no correspondidos.

Traza sueños húmedos, piernas entreabiertas

Y pupilas que anidan, cuales murciélagos,

A oscuridad de faldas y descuidos.

A oscuridad de besos, besos y más besos.

III

Soñé las ecuaciones

Y la dialéctica de tus ojos.

Vi el sello de tu beso en mi expediente

Y sentí la frescura de tu cabellera amarrándose en mis manos.

Nos soñé entre las páginas, las lapiceras y los ensayos.

IV

El estudio me sabe a: dibujos

De mujeres desnudas, de autos y de motocicletas,

Paisajes y caricaturas,

Poemas y garabatijes

El receso anota en mi corazón,

Grita y juega a las escondidas,

Parlotea y se extiende por todos los campos,

Mientras que tú me traes un chocolate y un refresco.

“¡Sal!, quedan cinco minutos. Termina las frases

de sanción en ratos libres. En ratos libres, he dicho”.

V


Me importan un sorbete la Historia y la Geografía ,

Ellas se estudian por la tarde, es mejor que pasemos  a otra cosa.

Pasemos allá arriba, a  los sueños, nuestra sonrisa.

Pasemos a ejercitar el pensamiento, a lo que posee valor en esta vida.

VI

Infinidad de teatros germinaron

Infinidad de asientos,

Infinidad de cortinas,

Infinidad de universos,
Infinidad de luces.

Una sola escena:

Dos sombras respiran por estas líneas.

No hay ningún espectador.

VII

Eran aire, eran papiro.

VIII

Bajo la mirada lastimera de un cadáver,

Sobre las rodillas apoyado nuestro cuerpo,

Contamos las cuentas, hablamos en lenguas.

Hablamos en lenguas y contamos las cuentas.

Contamos las lenguas con la lengua y las cuentas con las lenguas.

IX

Siempre mi Geli, mi Josefina, mi Alicia y mi Cleopatra.

Siempre mi Geli, mi Josefina, mi Alicia y mi Cleopatra.

Siempre mi Geli, mi Josefina, mi Alicia y mi Cleopatra.

Siempre…

X

Aquella tarde la biblioteca era un gran bosque

Y en sus árboles anidaban los stacattos y la música,

Tras los arbustos, el aliento.

El torrente de la angustia dividía los Cantares.

XI

Schubert siempre me trae tus sonrisas,

Tus lágrimas y la amargura,
me trae los recuerdos sensorios de la pulpa.

Schubert dirige a las aves,

abraza manecillas, balbucea los misterios.

XII

Los nombres: la navaja. El corazón: la piel y el papel.

Abraza la yerra en la obscuridad y delira.

El silencio esperanzador se escribe con suspenso.

El verano acaba,

Por supuesto que se acaba.

No obstante, también regresa

con nuevas fragancias, aventuras, nombres y paisajes.

Otras ocasiones, es un cuerpo al que amamos cargar, besar, acariciar y comer,

Mas en el final, en sus amantes, en sus amantes moscas nos habremos de convertir…

ED

Maniatado de paisajes

X

En donde todos me escuchan, tú me puedes apretar  con la trasgresión del sordo al escoger sus frutas de danzones. También  me puedes pellizcar con tu sonrisa y decirme “si esto no fuera una dolce melodía, no estaríamos tejiendo nuestro sudor en la respiración,  ni en un suspiro, ni en este ciclo de contracciones y dilataciones”. Pero no te entiendo ni una papa de lo que me dices.

De pronto, saltamos hacia el abismo, es en ese momento cuando nuestros cuerpos, cayendo en desesperación, se transforman en el movimiento y en el chirriante sonido de miles de uñas levantándose contra el asfalto.¡ Pero qué imagen tan grotesca! Pareciera que nos besáramos como lo haría un vaivén de rastrillos sobre olas arrugadas y sedientas. Y desde arriba tú sigues hablándome y besándome, mas yo no entiendo tu cara de espanto. Tus gritos se elevan como la espuma. Tus besos son gaitas emigrando hacia la próxima estación. Yo soy esa voz que anuncia el final del recorrido.

La caída se detiene y nos rompe los nervios  como aliento a dientes de Nerón. Nos arrastramos en miles de direcciones; la noche y los cristales se salpican de nosotros. No hay sirenas que raspen la cochambre, ni manitas que regresen nuestras caras a nuestras caras. Sólo quedan las sombras del salto que nos inventamos repetidas veces sobre el Fuerte de los locos.

XX

Aparecimos en un desierto de arena y de soles albinos. El tiempo era ausente, y como si despertaramos de la resaca, nos cubrimos, aterrados, la desnudez con el insomnio de un largo beso de origami. Con el cerebro aún sumergido en la madrugada, nos escondimos, como botines robados, de ese insoportable planeta del que todos hablaban pero que nunca nadie pudo encontrar. 

Permanecimos en ese mundo como manecillas clavadas en su carne; como cucos que observan el canto de los cigarrillos al alba y se conmueven por su frágil  lucha aplacada por el cenicero o un cruel zapatillazo.

E.P.

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